"Cuando en una discusión aparece La Sagrada Familia o La Cosa Nostra, empiezan las dificultades."
Aristóbulo
viernes, 19 de agosto de 2016
TOCANDO UNA PUERTA TRAS OTRA
La Inexistencia Pacífica es una contingencia del ser. Transitoria. Emergente. Pasajera. Una especie de locura estática del Acontecimiento, como punto fugaz de nihilismo militante. Una suerte de pasarela hacia diversos futuros. Hacia la más voluntaria de las servidumbres o hacia la más novedosa de las subversiones. Todo pende del hilo decisorio. A veces hilo de telaraña sedosa, otras de los hilos de la sarga.
Sin olvidar nunca los consejos a los reformistas de todo tipo (de Juan de Mairena, es decir, de su estirpe):
- Entre los dedos de la servidumbre siempre se termina escapando el pringue
- Si la subversión ocurre dándole la vuelta al continente, ese mismo pringue será derramado por doquier.
Habrá pues que poner mucho cuidado en la operación.
Aristóbulo
Cuadernos llamados de la Fe del Catastro
miércoles, 22 de junio de 2016
FRUTAS
Mientras
yo cortaba la fruta en macedonia, ella trajinaba a mi alrededor en la
cocina, canturreando una melodía vagamente conocida, como quien
busca una ocupación para calmar alguna inquietud en principio no muy
agradable, no sé, de esas que de pronto nos asaltan y confunden
hasta que conseguimos polarizarla en un ansia concreta por algo. Iba
vestida con un pantalón muy corto y ceñido y una camiseta
recortada. Acababa de meterme en una papaya y ya pensaba en el
colorido íntimo, hasta entonces oscuro y húmedo, de muchas frutas.
Esa oscuridad que imaginamos a través de la cáscara o de la piel
nos promete sabores inéditos o, al menos, el mejor sabor de los ya
conocidos. Pasé de la papaya al melón, del melón a un paraguayo,
de un paraguayo a un higo, de un higo a unos trozos de manga… y
súbitamente me acordé de Valeria y de Martina, pensando
que en realidad ellas no eran humanas, sino mangas.
Carlota
se paró junto a mí. ¿Qué piensas? -dijo. En nada, en cosas que me
llevan de aquí para allá…, respondí. Seguí con una fuji, dos
peras presidente, tres kiwis dorados, dos plátanos mollares, unos
fresones, una granada desperdigada y el zumo de tres naranjas de
Telde. Me entretuve estrujando algunos trozos de fruta entre mis
manos y luego comiéndomelos.
¿Qué
haces?, interrumpió Carlota, ¿No ves que así ya no sirven para la
macedonia?
En
medio de aquella sinfonía de aromas, quedé en silencio, mirándola
como si en realidad ella fuera también una fruta. Tenía un cierto
parecido con Martina y Valeria −tal como ella misma dijo el día
que nos conocimos−, sus dos compatriotas argentinas que me
atraparon cuando las vi por primera vez. Exactamente igual que antes
me había pasado con Carlota. Sus labios rojos perdían su rojez y se
volvían lívidos en la oscuridad; su pelo rubio de seda fina se
amoldaba bien al viento no tanto como sus pómulos; cantaba como el
cárabo y, fuese cual fuese la canción, siempre lo hacía
canturreando igual; su risa casi me hacía gritar con ella; y su
mirada azul, siempre azul a todas horas, disolvía todas mis
suspicacias. La quería por encima de todas las cosas. Su boca tenía
el sabor y olor de todas las trufas negras, impactante al principio e
imanante nada más desnudarnos. Pero había algo más que ese encanto
tan suyo, algo más que su parecido con las miradas de Martina y
Valeria, algo más que sus gemidos tan singulares, un algo que me
ponía los pelos de punta y me volvía temerario y temeroso a un
tiempo.
Ese
algo me despertaba un miedo extraño y me empujaba a la prudencia, a la distancia
que, sin embargo, incrementaba muchísimo mi deseo. Deseaba con una
fuerza sorda lo que rechazaba por causas también, quizá, no tan
desconocidas. Me convertí en un paralítico fascinado ante una
extraña fruta llena de secretos inalcanzables. Estaba pillado,
joder.
El
día que decidí terminar con aquella pasión ambivalente, salí de
casa desbocado, rodeándome con un aura reconstituyente de
exclamaciones procaces en torno a sus cosas: cómo vestía, cómo
comía, cuáles eran sus ademanes más odiosos y qué mentiras eran
las más notorias. Antes de lo que pensaba, llegué a su estudio de
delineación. Estaba sola. Al verme entrar, me sonrió como tantas
otras veces. Con la misma sonrisa de cuando me confesó su
infidelidad con mi hermano. Espoleado por ese recuerdo que tanto me
torturaba, la dejé atrás dirigiéndome hacia el ventanal
acristalado. Pensando cómo componer la escena dramática a punto de
representar, vi reflejada su desnudez oscilante acercándose
cadenciosamente hasta casi llegar a tocarme. Entonces di la vuelta
diciéndole: ¡No ves que no puedes hacerme lo mismo que le hiciste a
él!
Di
un portazo y salí corriendo de allí.
Una
vez en casa fui directo al cajón donde guardaba en perfecto orden
las fotos de mi vida. Cogí el sobre de las viejas fotos familiares.
En una estábamos Carlos y yo solos. Yo mostraba mi rostro más
seráfico y él, con ademán pantagruélico, comía una hamburguesa,
probablemente burlándose de mi madre. Otra era muy reciente, poco
antes de morir, en la que miraba de frente con ese aire melancólico
tan suyo mientras, de perfil, mamá besaba sensualmente su mejilla.
Seguí mirándolas una a una mientras las telarañas de la memoria
olvidada se volvieron guirnaldas encendidas a través de las cuales,
cualquier nimio detalle, nuestra ropa por ejemplo, pasaba a ser
objeto de mi parsimonia: sus camisetas, fueran cuales fueran,
ocultaban su debilidad casi raquítica; o las viseras y gorritos de
obligado uso por imperativo materno. En muchas otras vestíamos ropas
gemelas, otra manía materna. Quien miraba detrás del objetivo
seguramente era papá, por la de veces que aparecía mamá en todas
aquellas fotos.
De
pronto, un aluvión de recuerdos suyos volvieron a tener su ahora.
Sus labios rojos, de un rojo lívido, con su rojez perdida en la
oscuridad; su pelo rubio de seda fina amoldándose bien al viento, no
tanto como sus pómulos; su canturreo de las notas, seis o siete, no
me acuerdo, que uno de los dos canarios de la jaula del patio cantaba
cada mañana a la misma hora, siempre la misma melodía corta −Rufino
y Serapio fueron los nombres que eligió papá para ellos cuando los
trajo−; su risa que siempre me hacía gritar desaforadamente de
alegría; su mirada azul, de un azul nítido donde se desvanecían
todas mis suspicacias; su voz hablándome al partir una papaya, del
colorido íntimo que atesoraban las frutas, una oscura humedad que
imaginamos sabrosa a través de la cáscara o de la piel, y pasaba
de la papaya al melón, del melón al paraguayo, del paraguayo al
higo, del higo a unos trozos de manga y a una fuji, dos peras
presidente, tres kiwis dorados, los plátanos mollares, los fresones,
la granada desperdigada, el zumo de tres naranjas de Telde…estrujando
algunos trozos de fruta y comiéndoselos y chupándose los dedos y
lamiendo las palmas de sus manos con frenesí.
El
día ha pasado muy rápido.
Dospuntocero
TELÉMACO Y EDIPO. COMENTARIO.
Este es un comentario sobre dos personajes tal como aparecen contrastados en una publicación de Massimo Recalcati*. Como sabemos, Telémaco y Edipo son dos personajes literarios de la Grecia Antigua y de la Clásica respectivamente. Se trata de ver la relevancia que cada uno tiene, como paradigmas humanos o no, en relación con sus respectivos dramas subjetivos y sus posiciones diferentes en ellos.
En primer lugar, me gustaría respetar el orden cronológico de ambos personajes, es decir, su interrelación estrecha con la subjetividad de sus respectivas épocas. No es lo mismo la Grecia Antigua contada por Homero (donde se pasa con la Ilíada a la Odisea de la cultura de la vergüenza a la cultura de la culpa, según E.R. Dodds), que la cultura clásica representada por Esquilo, Sófocles y Eurípides. En la Grecia Clásica, la pérdida de la influencia determinante de los dioses en los asuntos humanos dio lugar a la responsabilidad de un nuevo hombre solo y, sin el explícito y determinante auxilio de ninguna divinidad, con la posibilidad del error trágico en el uso de la nueva libertad. De un nuevo hombre cuya vida no se explica sin el individuo -sus pasiones y deseos, y por tanto sujeto a errores-, y su relación con la polis y sus leyes, a las cuales está obligado por obediencia y honor.
Telémaco cada mañana sale a otear el horizonte marino para comprobar si su padre, Ulises, regresa a por fin a su casa, a su reino de Ítaca. Recalcati reclama para él, con su acto de escrutar el mar, una invocación al padre, una inscripción simbólica en el reconocimiento de su condición de hijo (aún no conoce a su padre, apenas guarda recuerdos de él) para estar en condiciones de ocupar su lugar en la estirpe a través de la herencia. Digamos que en ese sentido no reconoce a su padre, ni éste a él. Edipo tiene un arranque similar: él sí tiene padre, pero quien cree que lo es no lo es, porque su padre, Layo, ordenó su muerte recién nacido ante el temor de ser destronado por él (profecía de Tiresias). Dado en adopción mediante figuras paternas desdobladas (sirvientes y pastores), cada vez más amables, hasta recalar como hijo en la familia del Rey, en el reino colindante al de su padre biológico.En ese sentido, tampoco conoce a su padre. Pero lo tiene y no lo quiere reconocer. Advertido por Tiresias (otra vez él) de su aciago destino según el cual matará a su padre y será esposo de su propia madre, de la que engendrará hijos a su vez, huye horrorizado de la revelación para impedirlo. Pero, a pesar de su esfuerzo, termina cumpliendo su destino: dando muerte al padre sin saberlo, en la famosa encrucijada de caminos donde se enfrentan padre e hijo, cada cual con su insolencia. Llegado a Tebas y tras resolver el enigma de la Esfinge para salvar la ciudad sometida a desgracias, completa la profecía casándose con la reina viuda como derecho del héroe salvador de la urbe. Cuando descubre su error por Tiresias (de nuevo) se arranca los ojos porque no le sirven para ver la verdad. De alguna manera, lo trágico está en que Edipo, ya esposo, padre y rey, termina pagando su pecado al descubrir cual es su lugar en la tragedia. Esa es su herencia maldita, su inscripción simbólica pasa por la muerte del padre. Estamos pues con Freud.
Telémaco invocando la presencia del Padre se nos presenta casi como un muchacho tristón y cobarde que espera la llegada de un ideal que le ordene su caos interior. Su posición tiene rasgos de voyeurismo, viendo cómo los pretendientes rondan a su madre. Una madre que, encerrada en su cuarto, teje y teje la urdimbre del la función del padre ausente. Mientras él, se sumerge en la duda hamletiana pero espera que sea su padre quien resuelva la situación, en la cual, Telémaco y su deseo están implicados. En este sentido, se podría decir que Telémaco es un histórico precursor de Edipo, alguien que no se plantea la lucha con el padre porque no se ha hecho presente, ni tiene comprometida su filiación simbólica por ninguna profecía funesta.
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* M. Recalcati, El síndrome de Telémaco, padres e hijos tras el ocaso del progenitor. Anagrama, Barcelona, 2014
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* M. Recalcati, El síndrome de Telémaco, padres e hijos tras el ocaso del progenitor. Anagrama, Barcelona, 2014
EL GRUPO Y EL INCONSCIENTE
LA MASA ES
INCONSCIENTE
¿Freud
+ Canetti? Personalmente no lo tengo muy claro, pero no estaría mal para
empezar.
Soy de la opinión de que
sin Freud
no puede entenderse nada de lo que sucede en un grupo. Por más
neuronas espejo que interponga la neurociencia con su manifiesta
werwefung
(forclusión, rechazo absoluto de entrada en el discurso) de Lacan
y su estadio del espejo y todo el desarrollo ulterior acerca de lo
que el descubrimiento encierra.
Para
Freud y para él, el Ideal indica una figura socializante, una manera
de manejar lo innombrable alojado en el núcleo de nuestro ser de
hablantes (hablentes).
Pero también, el Ideal es algo que sólo vela Eso execrable que tiene dos caras: objeto que dirige como una zanahoria a la pulsión y objeto que
causa el deseo. Puede ser algo mortificante o aquello que nos enchufa a la vida a
través del deseo.
Sucintamente, para Freud grupo y masa coinciden y consiste en :
1.- La
identificación con el líder, al ocupar éste
el lugar del Ideal del Yo. Esta identificación ordena los:
2.- Los fenómenos de
amor, los lazos de
cohesión entre los integrantes de la masa o grupo (una
identificación horizontal, entre los iguales). Son, evidentemente,
lazos amorosos “inhibidos en su fin” o sublimados que hacen que,
en el interior de la masa o grupo, se desdibujen las diferencias
sexuales. Cuanto más cohesión muestra el grupo, menos sexualidad
manifiesta (Dos masas artificiales, la iglesia y el ejército).
Excepto los hoplitas tebanos (del batallón sagrado). Esta excepción
es tenida en cuenta por Freud, de una manera excepcional,
al describir a la familia cómo célula de todo lo esencial
revelándose, no obstante, como una fuerza profundamente antisocial:
dentro de las puertas de una casa, sus integrantes desafían en la
intimidad todas las leyes del Estado (Bienvenido a la república
independiente de mi casa, uno puede tirarse peos, andar desnudo,
masturbarse mutuamente con la pareja, por supuesto, follar de cualquier forma o
manera y número de veces que quieran y puedan. Por no decir nada de
todo lo relacionado con la comida o las heces).
3.- Los fenómenos de
odio (lo último pero tal vez lo más importante) : todo grupo o
masa se fundamenta en la exclusión de un algo
que no tiene
cabida en la conciencia grupal. Ese algo
desplazado
hacia otros ideales o semejantes (generalmente identificables por un
rasgo considerado extraño: justamente se les considera
una forma de apropiarse del goce que falta a la masa o bien que
exhiben una forma de hacerlo que repugna al grupo [comer o no comer
cerdo, rasgos sociales del goce] que se encarnan como amenaza hacia
el grupo). Odio radical hacia lo que entrañe una amenaza exterior,
cuando en realidad esa amenaza habita en el interior del grupo y de
cada uno de sus integrantes. Freud se muestra claro cuando habla de
la “religión del amor” (sin olvidar nunca que la etimología de
religión es re-ligare, volver a unir, volver a recuperar lo que nos
falta, el goce perdido (todas las religiones son nostálgicas y
utópicas). Para ello, Freud inventa el último mito fundacional: se
quiere recuperar el goce perdido a través de la identificación con
el Padre originario que fue asesinado por la horda de hermanos que
aspiraban, cada uno, a ocupar su lugar. Crimen inútil, porque deben
repartir la herencia y no tenerla toda. Hay nace, dice Freud, toda
moral, como culpa, y la ley fundamental. Un padre odiado y ahora
amado gracias a la re-ligión. Un padre, dicho sea de paso, si leemos
los Testamentos, un padre amado y temido,
un padre amoroso y terrible (Véase el sacrificio de Isaac, o los
tormentos a los que sometió a Job sólo para poner a prueba su fe),
un padre del estrago, un padre caprichoso como se muestra en el
Génesis, en el trasfondo del crimen desplazado de Caín, el primer
crimen desplazado de la historia escrita (crimen que puede verse como
sucedáneo de la muerte del padre, inmolando en su lugar al hermano).
Para terminar, recordar
que Freud estableció un paralelismo entre la religión y la neurosis
colectiva; aquélla como neurosis colectiva y ésta como religión
del obsesivo. Hay continuidad entre individuo/grupo, masa o sociedad:
el Otro (social, familiar) está ya presente en la constitución del
sujeto. Con Lacan se puede expresar diciendo “lo colectivo no es
nada sino sujeto de lo individual”.
“La religión del amor
universal”, la que busca la unión ecuménica de todos a través
del amor a Cristo, de pronto está presta para tornarse violenta y
brutal con lo que da fuera de ella (cruzadas, inquisiciones,
genocidios y holocaustos, como le quieran llamar). Me resisto a decir Shoa, y prefiero holocausto, porque
este último tiene las mismas connotaciones pero sin la fundamental.
Esta vez no se trata del sacrificio de los hijos de Israel sólo,
sino del sacrificio a lo que Lacan denomina los
dioses oscuros,
los mismos de los que Moctezuma decía: “Los dioses tienen sed”
[véase la obra homónima de Anatole France].
Así
pues, en la constitución de un grupo hay que tener en cuenta: un
líder-padre que favorece el amor entre sus miembros y un afuera del
grupo que recibe los golpes, un enemigo (Triada E: extraño,
extranjero, enemigo). El grupo es inconsciente porque de todo esto no
sabe ni quiere saber nada. Aunque a veces se nieguen de manera
explícita las manifestaciones del odio, eso no les impide existir.
Vean
por donde va ya la cosa, el líder del grupo ocupa exactamente el
mismo lugar que el padre amado y terrible. Sí.
Por eso, los fenómenos de masa encierran siempre un serio riesgo.
¿Cabría pensar en un nuevo grupo de sujetos desidentificacdos, que
no quieran recuperar nada de lo perdido, porque la pérdida forma
parte de la vida misma, y sólo hay que vivirla? Hay que intentar ser
sujetos con un deseo inédito y decidido. Inédito porque es
singular, y decidido exactamente por lo mismo...pero sin hacer grupo
en el sentido desarrolado aquí.
Próxima
o futura entrega: ¿Son los “equipos de trabajo” grupos? ¿Qué
creen ustedes? La mayoría obedecen a un ideal exigente e insaciable: la
eficiencia que quiere más con menos y cada vez más con muchísimo
menos. A esa trampa se le llama "pactar objetivos". ¿El líder-padre?
La mayoría ha hecho un vergonzoso máster donde también se estudia
el liderazgo y la estrategia (cuya etimología es ganar, vencer).
Ejecutivos agresivos, se decía hace unos años. Pues sí, por más que pongan el bien común por delante (vean la
ambivalencia: vamos a sacar a España del agujero negro que nos
dejaron, pero van a tener que pagar ustedes porque han vivido por
encima de sus posibilidades, etcétera, etcétera). Para ser líder hay
que diseñar un protocolo curricular para la función. Meritocracia,
le llaman. Se hacen pruebas, exámenes, para garantizar que gane el
mejor entre los mejores. Las valoraciones son “objetivas”,
medibles, evidentes, y por supuesto, no se admite a nadie que diga un
“no sé” o muestre duda. Se buscan “asertivos”, adjetivo en
el que se incluyen desde Pepito Grillo hasta Franco, Amancio Prada,
Hitler y Mussolini, Bill Gates, Zipi y Zape, Idi Amin Dadá, Pol Pot,
Stalin y tantos otros, pasando por todos los que, en privado y en
público, tienen como divisas las verdades del Marqués de la Palice
y del Conde Pero Grullo.
Por
cierto, a lo hora de ser “los mejores” (¿ante los ojos del padre
examinador?) todo dios esgrime su titulación. ¿Y quien no la tiene
no vale? Hasta los de Podemos se ponen el birrete de la indignidad
universitaria... ni que eso garantice nada.
Dentro
de poco, lo digo en serio, se harán oposiciones para ser escritor o
pintor. Por ahora, sólo los músicos tienen que pasar un examen para
tocar en el metro. Al menos que yo sepa. Las sociedades de las libertades basadas en el control de las garantías tienen estas
cosas. Luego va alguien y se escandaliza con los Das
auto alemanes.
UNA HORA ANTES
Una hora antes, mientras aquel Jim Morrison engominado atacaba la canción dedicada al emperador más solipsista de Roma, mi Caela seguía sudando tinta invisible de calamar africano, por ese calor que anega la isla sin respiro.
Sin embargo, yo soy un camaleón listo para atrapar la mosca tras la oreja; o tal vez una fula de bajura que se extasía golisneando los pies en el agua translúcida del océano de aquí cerquita; o quién sabe si un camaleón sahariano con las uñas pintadas con el tinte de los gueldes y las fulas y las patas de harina.
Entre mi Caela y yo todo va bien, aunque no me extrañaría que cualquier día saltase la liebre en plena cohabitación. En ese caso, ella sería liebre y yo tortuga corredora hasta el final de mis días (porque a estas alturas de mi vida tengo agotado el cupo de viáticos). Y aunque fuese todo de otra forma y a mí me confundieran con Aquiles, daría lo mismo.
domingo, 23 de agosto de 2015
BESTIARIO PUSILÁNIME
En un panorama de crisis económica y total desbarajuste social, existe también cierta frivolidad que anida en la gauche divine, hospedada casi siempre en la conocida cadena Hoteles Al Borde del Abismo, que con sombreros de copas, o no, hace prestigiosos malabarismos con palabras que jalean todos los posmodernos del mundo unidos en su carpe diem. Desde hace un tiempo, el posmodernismo se ha convertido en la salsa preferida en todos los platos ideológicos de la pura abstracción bizantina, como si de una sumatoria estrictamente culinaria se tratara. Con esa salsa lingüística se logra hacer coincidir una cosa y su contraria, confraternizando amigablemente en el mismo renglón.
Ya digo, tomando copas con sombrero, o no.
De vez en cuando, desde la profundidad, surge una voz que pide respeto a la dignidad de los más.
Aristóboulos
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