viernes, 17 de noviembre de 2017

DECÍAN QUE...

Decían que Prudencio era un bicho raro. Sin embargo una voz constante repetía en su interior tú te has transformado en una puta cucaracha... y él respondía a fin de cuentas una cucaracha tampoco es un bicho tan raro que digamos. Todo lo contrario entre nosotros es muy común. Sólo hay una diferencia la cucaracha articula su ser de otra manera. Nada más.


Aristóbulo
En la Madre de todas las Ciudades
4 de octubre de 2017

viernes, 10 de noviembre de 2017

SKYLINE O EL OSCURO PODER DEL LATÓN

Nos dan la lata con la proposición ética del “es-debe” (es así, luego debe ser así) –erre que erre ético que hasta el mismo Hume lo presentara como falacia sobre la que no cabía fundamentar ningún juicio moral. 
Nos dan la lata con los tú puedes, tú tienes que hacer algo, tú no puedes quedarte con los brazos cruzados, es tú responsabilidad, tú debes aceptar las cosas como son, si esto es así tú debes...y un largo etcétera de imperativos que cruzan todas las fronteras éticas, y sus alarmas, camuflados de máximas útiles.
Miramos el mundo y vemos distintos skylines exteriores. Cada ciudad construye el suyo, aunque no lo sepa. Todas terminan construyendo las estructuras donde fundamentan su idiosincrasia. Como pasa con los sujetos. Sí, también existen líneas de horizontes interiores, y ellos  construyen su diseño exterior sin saberlo, en su eterno ir y venir sin querer queriendo. Por ejemplo, a veces cuando miramos a alguien y lo observamos con detenimiento vemos surgir sus Woermann y sus Donjuanes dándonos las señas de su identidad propia, tal como esos edificios son el skyline de cierta mirada urbanística de nuestra ciudad.
Igualmente, con los individuos se debería destacar la estructura, los mimbres sobre los que se apoya tanto decir vacuo. Por ejemplo, en nuestro tiempo, lo vacuo es decir ¡“empodérese” usted! (¡menuda paradoja!). Todos sabemos que resulta imposible lograrlo en un mundo donde las fibras del poder están por doquier amarrándonos con hilos inefables, insensibles, invisibles ─de esos que no se ven ni con los ojos cerrados, y que termina siempre alcanzando su meta. Como en la fábula de Kafka, el animal arrebata el látigo al amo para golpearse a sí mismo sin saber que él no es sino un nudo más en el látigo del amo. 
Las urdimbres, las estructuras (como quieran) de las que se trata aquí ya no son estructuras férreas, como lo fueron, por ejemplo, en tiempos de Thatcher, sino oscuras y frágiles estructuras de latón. Por eso, en nuestro pequeño y sórdido ámbito, en el peor de los escenarios ni siquiera encontramos férreas damas ni barones de cuero, sino que nos tropezamos con mujeres de latón y hombres de escay que parlotean chácharas ultraliberales sin sentido. Seres que además han perdido ese tufillo rancio que daba una cierta dignidad al empirismo de Hume. Ahora, sólo encontramos emperadores de pacotilla (¿hay alguno que no lo sea?) con la boca llena de ese tipo de imperativos cuando sacan sus caniches a desaguar y defecar.

Aristóbulo
...Es el infinito puesto al alcance de los caniches de Céline

jueves, 21 de septiembre de 2017

FIESTA

Aquél era un espacio sin cabida para seres como nosotros. Te lo aseguro. No tengo una idea clara de cómo y porqué llegué allí. Era un lugar extraño donde la gente vestía, hablaba y actuaba de forma exagerada y al mismo tiempo parca, con un matiz extravagante, críptico.
Daba la impresión de que allí el miedo no existiese y me dio pánico por la forma ostentosa con que se exhibía. Un lugar sin pudor ni vergüenza, donde tampoco se vislumbraba rastro alguno de culpa.
Podría decirse que allí, la gente normal como nosotros, no existía. Cada uno hacía lo que quería. Vestían de nigromante,  muecín, cardenal, pierrot, arlequín o papageno. Eran quienes más gesticulaban. Otros, más adustos, iban con todo tipo de exoesqueletos donde ocultar su debilidad dando la imagen de lo contrario. A éstos, el peso les impedía forjar la menor mueca.
A pesar de tanta versatilidad, no se detectaba rastro de ningún uniforme de rango superior. De esos que, con sólo verlos, nos embarga cierta y regalada sumisión y un silencioso acatamiento de las normas más caprichosas que pueda uno imaginarse.
Pero, a pesar del aparente desorden, se diría que aquella gente no parecía feliz, al menos como podríamos serlo nosotros de estar en su lugar. Ellos no mostraban ninguna de las expresiones, gestos o semblantes que relacionamos con el disfrute.
En aquel lugar, nuestras más íntimas señas de identidad, se diluían. Aquello que cada uno de nosotros tiene como lo más propio de sí mismo, se esfumaba en su presencia. Esto me resultaba especialmente angustiante, tú sabes bien cómo soy, necesito tener un espacio firme donde apoyarme, por pequeño que sea. De lo contrario es como estar viendo una negrura con puntos coloridos de luz y cuerpos amorfos, errantes y cambiantes, iguales a los que vemos cuando cerramos los ojos.
Además, utilizaban el tiempo y el espacio de forma tan libre como arbitraria, de tal manera que al hablar con cualquiera de ellos, conocían todas las lenguas, nos hacían callar mediante prodigios. Recuerdo cómo uno de ellos, en la plaza central de aquel espacio, los utilizaba, como decía, de tal manera que no parecía haber ningún allí ni un aquí. Tampoco ningún antes ni un después. Otro manejaba los meteoros a su antojo: elevaba los brazos y llovía; cerraba los ojos y con unos movimientos oculares rápidos con parpadeo mudo, creaba un vendaval de poniente.
No tengo palabras para describir nada de lo que allí sucedía. Tampoco puedo describir mis trastocadas sensaciones.
Era como estar en una fiesta a la que no has sido invitado.

Aristóbulo
Entredías

viernes, 1 de septiembre de 2017

MEDIOCRIDAD

Aquel día al despertar me vi rodeado por unos ciento veinte pájaros negros que me observaban. Su negrura era como la de las antiguos curas de los colegios. Los pájaros me miraban, como lo hacen siempre las aves, de hito en hito y pestañeando con asombro cuando menos te lo esperas.
No eran pájaros conocidos para mí. Tampoco eran muy distintos a los que acostumbramos a ver por ahí, pero no cabía duda, esos pájaros eran otra cosa. Tenían un no sé qué difícil de expresar en palabras. No eran grandes. Eran carpetudos, quien sabe si por cargo de conciencia, y un tanto recogidos en sí mismos, se diría que por frío, abandono o moribundia. En esta tierra se les llama pájaros chirringos.
Llegado un momento, los aproximadamente ciento veinte pájaros negros dejaron de mirarme y miraron a los conductores que, a esa hora punta, llegaban a borbotones a la gran playa de aparcamientos que había en aquel centro comercial. Lo hicieron iniciando una serie de pequeños movimientos o tics que, me atrevería a decir, parecían formar parte de un lenguaje con una táctica cuyo alcance no entendí al principio. Después de haber estado en la inopia un buen rato, caí en la cuenta de que aquellas miradas y aquellos movimientos, eran señales dirigidas a los conductores de los coches. Éstos, poco a poco, empezaron a ocupar sus lugares ordenadamente, lugares a veces distintos a los que originariamente habían ocupado al llegar al parquin. Aquellos ciento veinte pájaros negros no hacían otra cosa que gestionar los aparcamientos, sin silbidos, sin gritos, sin aspavientos. Desde el primer día que aparecieron algunos empezaron a llamarlos parquinbirds.
Por el periódico me enteré que aquellos ciento veinte pájaros negros podrían pertenecer a una nueva especie mutada con procedimientos de ingeniería genética. Habían logrado modificar los genes responsables de los modos de ser y de estar de algunos pájaros. De ahí mi dificultad para filiarlos, porque he de decir de mí que soy un ornitólogo aficionado con cierto reconocimiento, sobre todo familiar. Aquellos pájaros cumplían su cometido de manera precisa y ordenada. Sólo hacían eso y, en lo demás, no puede decirse otra cosa sino que eran silenciosos —es decir, no paseriformes― y que apenas volaban. Iban de aquí para allá dando saltitos y alguna vez exhibían el vuelo torpe y corto de las gallináceas. Pero no eran sino, como ya dije, unos pájaros negros, carpetudos, chirringos.  También enigmáticos, como todos los pájaros cineastas.   
Con el tiempo, aquellas aves trucadas fueron decolorándose, acaso por la fotosensibilización de la intemperie, y los coches habían perdido su cromatismo competitivo, quedando ahora uniformados por las distintas tonalidades del gris.
Ahora, ya no tengo duda, cuando entro en un parquin me dejo llevar y aparco. 

Aristóbulo

martes, 11 de julio de 2017

LA CONDICIÓN HUMANA



   Los huesos de la cara, los pliegues marcados, el labio superior fino y pronunciado el inferior, daban una impresión de seriedad, aunque cuando sonreía, los ojos se convertían en un par de lentejas cómicas enmarcadas por pliegues y más pliegues. 
   Ignoro aún los detalles de sus intenciones y de su motivación para llevar a cabo eso. Desde hacía tiempo era un tipo cercano a nosotros, aunque guardando siempre una distancia respetuosa —en eso nos parecíamos todos. Entonces éramos muy jóvenes.
  Un hombre cortés. Correcto. Nunca le vimos con ningún enfado interior ni exterior que presagiara algo tan inesperado. El resto del tiempo, suponíamos, estaba metido en sus adentros pero sin perderse nada del mundo. Sí, es verdad, pasaba mucho tiempo solo, tal vez demasiado. Le llamábamos Flaubert, aunque no escribiese nunca nada. Alguna vez alguien le oyó hablar de Croisset como un lugar apetecible para ir. 
   Y eso es todo lo que recuerdo de aquel hombre, Señoría.


Aristóbulo
Penas de muerte

viernes, 7 de julio de 2017

VIDAS DE SANTOS SIN IMÁGENES

Con el paso del tiempo el viejo álbum familiar se convirtió en un conjunto de imágenes re-blanquecidas, de recuerdos desvaídos, de figuras con riesgo de extinción al no tener un dueño claro o ser apenas reconocibles, si no hubiese habido una voz que les diera un nombre y un linaje.
Antes, las fotos eran puro recuerdo. Y ahora, presente de indicativo. De tal manera que la frontera entre lo reciente y lo remoto ya no está en vigor. Sólo existe el aquí y el ahora.
Cuando el nomadismo era un imperativo, durante generaciones uno iba de casa en casa llevando entre sus pertenencias las fotos de su vida. Uno podía visualizar de un plumazo toda su biografía iconográfica con sólo extenderla sobre la cama. Ahora, los jóvenes llevan sobre sus espaldas el peso de miles y miles de gigas de fotos y vídeos, y necesitarían meses, o tal vez mucho más, para hacerse una idea del exceso de su plástica vital. 
Aunque, pensándolo bien, lo que pasa hoy resulta paradójico por conveniente, puesto que pone fin al poder de la imagen para decir algo mostrando tanto. De estar en su piel, yo descreería de las imágenes de un presente de banda ancha y alta velocidad y me quedaría sólo con el fin de la vocación de futuro que tenían las nuestras para vencer a la muerte. Me ha salido así, vencer a la muerte, y tal vez sea porque la humanidad ha terminado aceptando lo efímero e insustancial que hay en toda vida, de tal manera, a mi entender, que no tiene otra opción que vivir a tope el instante. Y en un instante no cabe todo. De ahí la obesidad de las imágenes del presente que no deja de ser una figura de la mortalidad en anamorfosis.
“Los paisajes de la vida acaban convirtiéndose en lugares de desaparición”. Estas palabras leídas en la prensa (A.M.M., Babelia, 5.07.14), me llevan a pensar en lo inexorable como denominador común en las imágenes de ayer y las de hoy. Sin duda, ambas están para velar lo que se resiste a la mirada. Sobre todo en lo concerniente al propio cuerpo. Rascayú, rascayú.
Esta sí es una senda para el ateísmo genuino. Para el ateísmo definitivo que conduce a la destitución de la vanidad propia de Narciso. Por fin, puede decirse, porque la imagen es uno de los manantiales del malestar. Después del desamparo viene la envidia.
¿Quién dijo ‘una imagen vale más que mil palabras’? Las imágenes crían malvas, las palabras persiguen al viento.
- ¿Estás escuchando lo que te digo, Selene?
- Claro que sí, pero entonces ¿qué hacer?
        - Uno no elige dónde ni cuándo nacer. Elige vivir o no vivir en su época. Creer en la pertenencia a una época es una temeridad ─sentenció el sileno.


Aristóbulo 
Cartas lunáticas
(7/07/2014)

miércoles, 5 de julio de 2017

DOS SUTRAS Y UN GALIMATÍAS

Leyendo el Limónov de Carrère me tropiezo con una sutra budista que tiene su cosa tramposa. Según ella, entendí, si quisiéramos, podríamos ir más allá de nosotros mismos sin despeinarnos. El extracto de la sutra, porque es un trocito de discurso, dice textualmente: "quien se considere superior, inferior o incluso igual a otro, no comprende la realidad". Esta posición se presenta como máxima Sabiduría y Ajenidad del Sí Mismo respecto de cualquier otro. No estaría mal... siempre y cuando fuera posible prescindir del Otro, o al menos pudiera uno lidiar con los demonios internos ligados a los ideales y a las pasiones que, por su parcialidad, son siempre totales. Por seguir con Buda, recito su escueto catálogo de las pasiones: el amor, el odio y la ignorancia.
El otro día leí una segunda sutra, esta de Mark Twain, que me hizo reír por la astuta razón que pone sobre la mesa : "No discutas con un estúpido, no porque te pongas a su altura, sino porque en ese terreno te gana".
Me gusta mucho el budismo twainiano. Es muy difícil de practicar porque, en cualquier terreno, nos creemos siempre o mucho mejores o mucho peores de lo que somos. Y así no hay manera. Es certero porque, haga uno la figura de avestruz, u otra cualquiera, escondiendo la cabeza donde le quepa, no podemos dejar de establecer jerarquías y agrupaciones. Porque al evitarlo, formamos parte, como miembros de pleno derecho, de un nuevo grupo de estúpidos que no entran al trapo de la superioridad, inferioridad e igualdad.
Y ahora, el galimatías.
Trotski, ¿crees en Dios?

Aristóbulo Sainz de Iría, Marqués de la Enseñada (porque ya pasamos las elecciones).
Disputatio

[Escrito hace un año, desempolvado hoy]